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By: El Libro Editorial Encendido: febrero 26, 2016 In: El Libro Comments: 0

Se suele comparar la publicación de un libro con el nacimiento de un hijo, y nada raro notamos en la comparación: una analogía más como otra cualquiera que asemeja —no identifica— los términos comparados. Sin embargo, si reparamos en que, entre el último cuarto del siglo XX y lo que llevamos del XXI, ha habido una tendencia a la baja en lo que a tener hijos se refiere —en España desde 1990 estamos a la cola en Europa—, mientras que en la publicación de libros ha habido una tendencia al alza notable —España aquí invierte su posición y se sitúa en el podio de los países europeos que más publican por cada millón de habitantes; 62224 libros inscritos en ISBN en el año 2000, más de 90000 en 2014—, podemos llegar a sospechar que haya algo más que semejanza tras la comparación…

¡Pero no, nada más lejos de la realidad! Lo que ocurre es que estos procesos, como tantos otros, se inscriben dentro de un mismo proceso general y determinante: el desarrollo de la era de la información; y que, en concreto, responden ambos en cierta medida (evidentemente mucho más la tendencia al alza de las publicaciones de libros) al último hito en dicho desarrollo: la revolución digital. Marshall McLuhan no solo advirtió en los años 60 (The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man, 1962) que comenzábamos a convertirnos en una aldea global, sino que también predijo de algún modo cómo una galaxia cibernética (Galaxia Internet según Manuel Castells en su libro homónimo, 2001) afectaría necesariamente a la individualidad de los seres humanos:

«(…) la imprenta comporta el poder individualizador del alfabeto fonético mucho más allá [de lo] que la cultura del manuscrito pudo hacerlo jamás. La imprenta es la tecnología del individualismo. Si los hombres decidieran modificar esta tecnología visual con la tecnología eléctrica, el individualismo quedaría también modificado» (MacLuhan, La galaxia Gutenberg. Génesis del Homo Typographicus, Madrid, Aguilar, pág. 224).

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Si además de los usos de escritura y lectura tradicionales tenemos en cuenta la información que leemos y ofrecemos vía web, podemos decir que hoy día leemos y escribimos más que nunca. Y no solo se trata de información mundana, también leemos y escribimos constantemente en la web información transmitida bajo las funciones expresiva y/o poética del lenguaje; es lo que permite, por ejemplo, que uno vaya a un recital de poesía y escuche estados de Facebook que el poeta en cuestión llegó a incluir en uno de sus libros a petición de su editora —no me lo invento, pude ser testigo de ello en el último recital al que acudí; el poeta es Camilo de Ory—.

En parte por lo mismo, también la disposición hacia la escritura se está generalizando como nunca —así como lo hace la con-fusión entre realidad y ficción; piensen por ejemplo que, de forma análoga al boom de la autoficción literaria, ha tenido lugar también cierto boom de la autoficción identitaria en las redes­—. De otra parte, debemos este hecho a la desaparición de la jerarquía entre alta y baja cultura. Recordemos que, en 1964, el recientemente fallecido Umberto Eco se decantaba por apostar por esto mismo —en lugar de escandalizarse ante ello— cuando analizaba las dos posiciones, las de Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas. Y es que es evidente que, por dificultoso e incluso peligroso que pueda parecer —«pero donde está el peligro, crece también lo que salva» (Hölderlin)—, la democratización del conocimiento en general, la democratización de la palabra escrita en particular, y ambas bajo el poder ilimitado de la Galaxia Internet, ofrecen la posibilidad de enriquecer culturalmente como nunca antes una sociedad, la del futuro, la que está en nuestras manos. Por ello, hay que romper una lanza en favor de la proliferación de la escritura, de la edición y de la autoedición especialmente, porque permite adquirir y contagiar dinámicas enriquecedoras de lectura, expresión y escritura, siendo estas capacidades y hábitos claves en el nuevo milenio; sí, hace mucho que empezaron a serlo, pero ahora lo son más que nunca: estamos en la era en que se subsumen, integran y retroalimentan a la perfección los distintos avances (oralidad, escritura, imprenta, comunicación visual, telecomunicación y telemática) dados a lo largo de nuestra genealogía como seres del conocimiento, y como se ve fácilmente la aptitud para el uso de la palabra es lo esencial.

 

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